El anuncio de la Generalitat
Valenciana de solicitar su propio rescate financiero al
Gobierno central dibuja las líneas de un nuevo escenario político. El mecanismo
que ideó Montoro la semana pasada, supone mucho más que un nuevo sistema de
financiación de urgencia en momentos delicados. Es un vuelco en el modelo de
Estado que ha tomado por su parte el Gobierno de Rajoy, sin consultar con nadie
más.
El ejecutivo del PP pretende para las comunidades la misma suerte de condiciones y exigencias que tiene Europa con España, tratando el tema envuelto
en un halo de ensañamiento y resentimiento. La exigencia de las “nuevas
condiciones” que la
Generalitat tendría que tomar según Montoro, para obtener la
financiación que aún no está cuantificada, supone otro grado importante de
pérdida de soberanía para el País Valencià,
No es una cuestión sólo de fondo, de medidas o recortes en sí mismo. A eso
ya están sometidos, por desgracia, los valencianos y el resto de ciudadanos del
Estado. También es un problema de formas, de modelos. Al rescate se le incluye
la escenografía macabra de las intervenciones más funestas, con hombres de
negro incluidos. El territorio rescatado no sólo queda marcado con un estigma
político de descontrol institucional, sino con la pérdida del valor que tanto
costó alcanzar durante años en el proceso autonómico de la transición.
La derecha, se ha vuelto a adueñar de ese proceso invirtiéndolo en un
momento clave, e introduciendo la posibilidad de dejar a las autonomías sin su
razón de ser. El problema no es tanto que lo piense, porque en realidad forma
parte de su ideología. El PP siempre estuvo en contra del Estado de las
Autonomías, y sólo se ha sumado al carro cuando ha contemplado la posibilidad
de obtener más poder.
La cuestión es que este cambio de la concepción de Estado, aparte de ser
prácticamente inconstitucional, es otro golpe de déficit democrático al estilo
de los que venimos viviendo en los últimos tiempos -la ‘reforma express’ de la Constitución en
agosto pasado, es otro ejemplo-. Y la suma de todos ellos, puede llevar un
descrédito social aún mayor.
La decisión de adoptar este mecanismo para las CCAA está tomada por un
único partido, que aunque tenga la mayoría absoluta, no puede erigirse en dueño
de nada. La forma de España no es patrimonio exclusivo del PP, por mucho que
gobierne democráticamente en la mayoría de las instituciones. Idear este
sistema costó muchos años de diálogo y esfuerzos de consenso entre todas las
fuerzas políticas, con más o menos literatura de por medio, y con resultados
por supuesto, siempre discutibles. Pero que el modelo sea cuestionable no
permite a ningún partido político modificarlo a su antojo sin contar con nadie
más.
Si vaciamos de sentido de un golpe a las autonomías, el resultado para los
ciudadanos es el de siempre: “¿para qué sirve ir a votar a las regionales, si
las decisiones las van a tomar en Madrid?”. “¿para qué sirve ir a votar en las
nacionales si las decisiones las van a tomar en Bruselas/Berlín?”. Si no somos
capaces de ofrecer la respuesta a estas preguntas, si le quitamos el sentido a
todo el sistema democrático, -insisto, con todas las críticas que pueda tener-,
le estamos dando alas a los ciudadanos para que deleguen su soberanía en manos
de la desesperación. Y ya sabemos cómo salió ese experimento.
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