La prima de riesgo se desboca en otra "semana clave para nuestra economía". El relato ya nos suena, lo hemos escuchado otras veces. En los últimos meses el número de "semanas clave" se ha ido incrementando hasta llegar a un nivel de alarma que, en realidad, nunca parece suficiente. Siempre se supera.
---612 puntos---
La presión política se acrecienta vía mercado y vía
calle, y el Gobierno no aparenta (o no quiere aparentar) mucho
nerviosismo. Mientras, el relato de los medios sosbre la crisis está
hundiendo los ánimos de los ciudadanos y el 'espíritu' social roza la
resignación más absoluta.
Y en este clima, muchos estamos dando el salto de nuestra vida.
Abandonar la vida académica donde todo está concretado en un periodo
estricto, -entre septiembre y junio- parece cuanto menos, agobiante. A
partir de ahora los ritmos no están fijados, no sabemos por dónde se
empieza ni cuándo se acaba. Hasta ahora, las consecuencias de nuestro
esfuerzo (o falta de-), eran casi inmediatas. Cuestión de meses. Y eso
ya no va a ser así.
No hay ni que hablar de las expectativas laborales en
España. Damos un salto un poco hacia la nada, sin saber qué va a ser de
nosotros. Es verdad que en otras épocas tampoco uno sabía seguro qué
iba a ser de su vida al terminar la carrera, pero entonces había un mínimo de
garantías que ahora han desaparecido.
Muchos están haciendo las maletas para irse muy lejos. Yo por mi parte, no lo descarto a
largo plazo. Pero de momento he escogido Madrid como animal de
compañía.
Por supuesto, no creo en absoluto que la solución
sea el desánimo. Que nadie nos robe nuestra juventud, por favor. No voy
a cansarme de
intentar conseguir llegar a lo que quiero, e intentar hacer lo que me
gusta. Me tranquiliza al menos saberlo. Porque muchos andan tan perdidos
que ni siquiera saben qué quieren.
Le pido a todo el mundo que deje de creer que no hay nada que
hacer. Que se dejen de ahogar ilusiones ajenas con el cuento de que está
todo perdido. No nos creamos más la pantomima de la caída de los relatos, que aunque no haga falta ahora derribar ningún telón de acero, hay mucho por lo que moverse. Empezando por nosotros mismos.
Que dejen de retratarnos -a los jóvenes-, sin ganas de hacer nada. Y que dejemos de pensarlo los propios protagonistas.
...
Enrique Vila-Matas se ríe de todo esto en su última novela Aire de Dylan, donde, entre otras cosas, critica el postmodernismo a través de los personajes Vilnius y Débora.
Lancastre, en su autobiografía, iba a aparecer como el hombre que tuvo el extraño mérito de reunir en él mismo todos los tópicos de la vocación de innovación más recalcitrante. Como hombre del pasado, como el paradigma del escritor de un tiempo de vanguardismos funestos. Como alguien que muy pronto pasó a la vitrina de las antiguallas para que el futuro pudiera ser diferente, para que el futuro pudiera pertenecer a gente como Débora y Vilnius, una pareja que parecía vivir en el feliz vértigo del fracaso que se ocultaba en cada uno de los muchos proyectos que tenían para el porvenir, proyectos básicamente pensados para acabar no haciendo nada, que era donde intuían que burlarían al fracaso, que llevaba ya demasiados años rondando a los dos (y al arte en general).Se proponían pues en realidad no hacer nada, situarse en ese punto de mira escéptico en el que no ignoraban que habían terminado por instalarse en los últimos años contados sabios de la generación de Lancastre. Tras el largo recorrido de toda una vida, éstos sabían que el mundo rodaba ya decididamente sin freno y sin sentido, perdido y sin futuro, más estúpido que nunca, en manos de unas élites políticas y económicas podridas de inmoralidad y avaricia.Se preguntaban Vilnius y Débora si por casualidad les obligaba alguien a tener que soportar, como los jóvenes de todas las generaciones anteriores, los agobios terrenales, de los que ya hablaba Hamlet en su célebre monólogo. ¿Acaso les obligaba alguien a tener que soportar «las injurias de este mundo, el desmán del tirano, la afrenta del soberbio, la tardanza de la ley, los insultos que sufre la paciencia»?Ante esto, Débora y Vilnius se preguntaban qué sentido podía tener dedicarse toda la vida a mirar hacia otro lado para al final llegar a la misma conclusión que, de viejos, habían llegado los más lúcidos de todas las generaciones anteriores a la suya.Pensaban que lo mejor sería adquirir de golpe el punto de vista de los que de viejos llegaron a sabios escépticos y ahorrarse falsas expectativas juveniles, pues cada día iba a hacerse más evidente en el mundo lo inútil que iba a ser esforzarse en mejorarlo cuando éste rodaba ya descerebrado hacia un final de copas envenenadas.-Llámame Cero -imaginó Vilnius que le decía a Débora en mitad de la noche.Era tal el desánimo que provocaba el caos del mundo que les parecía que lo mejor era apartarse, no colaborar en nada.De vez en cuando, en la luz nocturna, Vilnuis imaginaba monstruos, de los que tenía que escapar y también futuros diálogos.-¿Así se pasan ustedes el día con los brazos cruzados?-¿Y qué quiere que hagamos? No tenemos ideas.-¿Ninguna, señor Cero?
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